George Orwell. Matar a un elefante y otros escritos. Turner.
Diario de Guerra. 11 de junio. Pag. 138-139.
Los alemanes anuncia por la radio como los habitantes de un pueblo de Checoslovaquia llamado Lidice (de unos mil doscientos habitantes) eran culpables de dar cobijo a los asesinos de Heydrich, han fusilado a todos los varones del pueblo, han enviado a todas las mujeres a campos de concentración, han recluido a todos los niños en centros donde serán "reeducados", han arrasado todo el pueblo y le han cambiado el nombre. Guardo copia de la noticia tal como quedó registrada en el informe de seguimiento de la BBC.
No me sorprende en particular que haya gente capaza de hacer cosas como ésta. No me sorprende siquiera que anunciasen con bombo y patillo que las hacen. Lo que me impresiona, en cambio, es que las reacciones de otros ante tales sucesos estén gobernadas exclusivamente por la moda política del momento. Así, antes de la guerra, los rojillos creían todas y cada una de las historias espeluznantes que llegaban de Alemania o de China. Ahora, esos mismo rojillos de tibias convicciones han dejado de creer en las atrocidades alemanas o japonesas, y automáticamente tachan toas esas historias de mera "propaganda". Dentro de nada, se reirán de uno a la cara si da a entender que lo ocurrido en Lidice pueda seguramente (ser) verdad. Y, a pesar de todo, la realidad, tal como la han anunciado los alemanes, tal como se ha recogido en discos de gramófono, seguirá sin duda a disposición del que desee consultarla. Compárese con la larga lista de atrocidades cometidas desde 1914 en adelante, las atrocidades alemanas en Bélgica, las atrocidades bolcheviques, las atrocidades turcas, las atrocidades británicas en la India, las atrocidades norteamericanas en Nicaragua, las atrocidades nazis, las atrocidades italianas en Abisinia y Cirenaica, las atrocidades rojas y blancas en España, las atrocidades japonesas en China ... En todos los casos, se creen o se descreen según sea la predilección política del encausado, con una total falta de interés por la realidad de los hechos, con una completa voluntad de alterar las propias creencias tan pronto cambie el panorama político.
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sábado, 14 de abril de 2007
Como nos cambia el poder
George Orwell. Matar a un elefante y otros escritos. Turner.
Diario de Guerra. 7 de junio. Pag. 137.
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... Dijo (Cribs) que cuando hubiésemos ganado la guerra, las grandes potencias supervivientes tendrían en cualquier caso que administrar el mundo como si se tratase de una sola unidad, y pareció no tener la impresión de que fuera diferente que las grandes potencias fueran capitalistas o socialistas. Tanto David Owen como el hombre cuyo nombre no retuve le prestaron su apoyo. Me di cuenta de que me iba a ver enfrentado a la mentalidad oficial , que quiere verlo todo como si fuera un problema de la administración, sin entender que a partir de cierto punto, esto es, cuando ciertos intereses económicos se ven amenazados, el espíritu público deja de funcionar. La suposición básica de estas personas es que todos quieren que el mundo funcione como es debido, y que hará todo cuando esté en su mano para que se mantenga en marcha. No se dan cuenta de que a la mayoría de los que tienen el poder les importa un comino el mundo en conjunto, y su único interés consiste en arrimar el ascua a su sardina.
No puedo evitar tener la intensa impresión de que a Cripps ya no han pillado. No por medio del dinero, ni nada por el estilo, claro está; ni siquiera por medio de las adulaciones y la sensación de poder, cosas que con toda probabilidad no le importan lo más mínimo, sin meramente por medio de la responsabilidad, que automáticamente vuelve tímido a cualquier hombre. Además, tan pronto se halla un el poder se acorta considerablemente su perspectiva. Quizás, ver las cosas a ojo de pájaro sea distorsionarlas tanto como si se vieran a ras de tierras, a ojo de lombriz.
Diario de Guerra. 7 de junio. Pag. 137.
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... Dijo (Cribs) que cuando hubiésemos ganado la guerra, las grandes potencias supervivientes tendrían en cualquier caso que administrar el mundo como si se tratase de una sola unidad, y pareció no tener la impresión de que fuera diferente que las grandes potencias fueran capitalistas o socialistas. Tanto David Owen como el hombre cuyo nombre no retuve le prestaron su apoyo. Me di cuenta de que me iba a ver enfrentado a la mentalidad oficial , que quiere verlo todo como si fuera un problema de la administración, sin entender que a partir de cierto punto, esto es, cuando ciertos intereses económicos se ven amenazados, el espíritu público deja de funcionar. La suposición básica de estas personas es que todos quieren que el mundo funcione como es debido, y que hará todo cuando esté en su mano para que se mantenga en marcha. No se dan cuenta de que a la mayoría de los que tienen el poder les importa un comino el mundo en conjunto, y su único interés consiste en arrimar el ascua a su sardina.
No puedo evitar tener la intensa impresión de que a Cripps ya no han pillado. No por medio del dinero, ni nada por el estilo, claro está; ni siquiera por medio de las adulaciones y la sensación de poder, cosas que con toda probabilidad no le importan lo más mínimo, sin meramente por medio de la responsabilidad, que automáticamente vuelve tímido a cualquier hombre. Además, tan pronto se halla un el poder se acorta considerablemente su perspectiva. Quizás, ver las cosas a ojo de pájaro sea distorsionarlas tanto como si se vieran a ras de tierras, a ojo de lombriz.
Coherencia
George Orwell. Matar a un elefante y otros escritos. Turner.
Diario de Guerra. 27 abril. pag. 129
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Estamos de porquería hasta el cuello. Cuando hablo con quien sea o leo los escritos de quien sea, siempre que se trate de alguien que tiene un interés personal, tengo la impresión de que la honradez intelectual y el criterio equilibrado sencillamente han desaparecido de la faz de la Tierra. El pensamiento más habitual es forense; la gente se limita a exponer un "caso" judicial con la supresión intencionada del punto de vista de su adversario y, lo que es más, con una completa insensibilidad ante cualquier sufrimiento que no sea el suyo y el de sus amistades. El nacionalista indio está hundido en la conmiseración de sí mismo, en el odio a Gran Bretaña, completamente indiferente ante las penurias de China, mientras el pacifista inglés se lanza al frenesí y al delirio sobre los campos de concentración de la isla de Man y olvida los que hay en Alemania, etc. Uno se fija en esta tendencia, sobre todo, en aquellas personas con las que discrepa, como los fascistas o los pacifistas, aunque en el fondo todo el mundo es igual, al menos, todo el que tenga una opinión definida. Todo el mundo es deshonesto, y todo el mundo es absolutamente cruel hacia las personas que se hallen más allá del espectro inmediato de sus propios intereses y simpatías. Lo más asombroso de todo es el modo en que la simpatía se puede abrir y cerrar, como si fuera un grifo, según sea la conveniencia política. Todos los rojillos de tibias convicciones, o la mayoría, que se han mesado los cabellos, cuando no se han rasgado las vestiduras, en su cólera por las atrocidades nazis antes de la guerra, olvidaron por completo esas atrocidades y, obviamente, dejaron de tener ninguna simpatía por los judíos, etc., tan pronto la guerra comenzó a afectarles. Igual sucede con los que aborrecía a Rusia como si fuera el diablo mismo antes del 22 de junio de 1941, y, de pronto, olvidaron las purgas, la GPU, etc., en el instante en que Rusia entró en guerra. No estoy pensando en las mentiras que sirven a una finalidad política, sino en cambios muy reales de sentimientos subjetivos. ¿Es que no hay nadie que tenga tanto opiniones firmes como un planteamiento equilibrado? En realidad son muchos, pero son impotentes. Todo el poder está en manos de los paranoicos.
Diario de Guerra. 27 abril. pag. 129
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Estamos de porquería hasta el cuello. Cuando hablo con quien sea o leo los escritos de quien sea, siempre que se trate de alguien que tiene un interés personal, tengo la impresión de que la honradez intelectual y el criterio equilibrado sencillamente han desaparecido de la faz de la Tierra. El pensamiento más habitual es forense; la gente se limita a exponer un "caso" judicial con la supresión intencionada del punto de vista de su adversario y, lo que es más, con una completa insensibilidad ante cualquier sufrimiento que no sea el suyo y el de sus amistades. El nacionalista indio está hundido en la conmiseración de sí mismo, en el odio a Gran Bretaña, completamente indiferente ante las penurias de China, mientras el pacifista inglés se lanza al frenesí y al delirio sobre los campos de concentración de la isla de Man y olvida los que hay en Alemania, etc. Uno se fija en esta tendencia, sobre todo, en aquellas personas con las que discrepa, como los fascistas o los pacifistas, aunque en el fondo todo el mundo es igual, al menos, todo el que tenga una opinión definida. Todo el mundo es deshonesto, y todo el mundo es absolutamente cruel hacia las personas que se hallen más allá del espectro inmediato de sus propios intereses y simpatías. Lo más asombroso de todo es el modo en que la simpatía se puede abrir y cerrar, como si fuera un grifo, según sea la conveniencia política. Todos los rojillos de tibias convicciones, o la mayoría, que se han mesado los cabellos, cuando no se han rasgado las vestiduras, en su cólera por las atrocidades nazis antes de la guerra, olvidaron por completo esas atrocidades y, obviamente, dejaron de tener ninguna simpatía por los judíos, etc., tan pronto la guerra comenzó a afectarles. Igual sucede con los que aborrecía a Rusia como si fuera el diablo mismo antes del 22 de junio de 1941, y, de pronto, olvidaron las purgas, la GPU, etc., en el instante en que Rusia entró en guerra. No estoy pensando en las mentiras que sirven a una finalidad política, sino en cambios muy reales de sentimientos subjetivos. ¿Es que no hay nadie que tenga tanto opiniones firmes como un planteamiento equilibrado? En realidad son muchos, pero son impotentes. Todo el poder está en manos de los paranoicos.
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