Desde que murió la URSS, también han enfermado en Occidente los derechos sociales e incluso los derechos humanos, con el regreso de viejos demonios –como la tortura en Guantánamo, aún por cerrar–. El enemigo ahora es China, pero en esta nueva guerra fría ya no es necesario mejorar las condiciones de los trabajadores para evitar que sueñen con la utopía; justo al contrario. Por primera vez en medio siglo habrá una generación que de media vivirá peor que sus padres aunque crezca el PIB.
Hace 20 años ganó la libertad, y eso fue bueno. Pero la aplastante victoria capitalista plantó alguna de las semillas de la actual crisis económica porque se demonizó el papel del Estado y también porque desterramos la igualdad como valor: una noble bandera que Occidente sólo enarboló como coartada propagandística hasta que dejó de ser imprescindible. Ya no hay más revoluciones; no hay nadie que prometa el paraíso al otro lado del Muro. En parte se echa de menos, aunque aquel paraíso fuese lo más parecido al infierno.
