Jean Ziegler. El hambre en el mundo explicada a mi hijo. Munich Editores. Pag. 124
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Acción contra el Hambre, organización no gubernamental de un compromiso ejemplar, constata que “un gran número de pobre sen el mundo carecen del alimento necesario en la medida en que la producción alimentaria se ajusta a la demanda solvente”. El que tiene dinero, come. El que no lo tiene, muere lentamente de hambre.
Se trata por tanto de civilizar la actual jungla del capitalismo salvaje. La economía mundial es fruto de la producción, la distribución, el intercambio y el consumo de alimentos. Afirmar la autonomía de la economía en relación a la hambruna es absurdo, peor aún: es un crimen. No puede abandonarse al libre juego del mercado la lucha contra esa catástrofe.
Todos los mecanismos de la economía mundial deben someterse a este imperativo primordial: vencer el hambre, alimentar convenientemente a todos los habitantes del planeta. Para imponerlo ha de crease un estructura jurídica internacional, a base de tratados y normas.
Jean-Jacques Rousseau escribió: “Entre el débil y el fuerte, es la libertad la que oprime y la ley la que libera”. La libertad total del mercado es sinónimo de opresión; la ley es la primera garantía de la justicia social. El mercado mundial necesita de normas y de una restricción por la voluntad colectiva de los pueblos. La lucha contra la maximización del beneficio como única motivación de los protagonistas que dominan el mercado y la lucha contra la aceptación pasiva de la miseria son imperativos urgentes. Debe cerrarse la Bolsa de las materias primas agrícolas de Chicago, combatir el deterioro constante de las relaciones de intercambio y acabar con la estúpida ideología neoliberal que deslumbra a la mayoría de los dirigentes de los Estados occidentales.
El hombre es el único vertebrado que puede sentir en su conciencia el sufrimiento del otro.
¿La constitución de una conciencia de la identidad, de la solidaridad radical con el hombre que sufre se desprende de un proyecto utópico? No. En el decurso de la historia han ocurrido ya algunos saltos cualitativos análogos. Por ejemplo: el nacimiento del Estado. En una época remota, los hombres hicieron una elección fundamenta: entonces, la solidaridad, la identificación con el otro se limitaban a la familia, al clan, en consecuencia, a aquellos cuyo rostro era conocido y cuya presencia física era sensible; con el nacimiento de la nación y del Estado, el hombre se hizo por primera vez solidario de hombres que no conocía y con los que probablemente nunca se encontraría. Acababa de nacer un sentimiento de identidad nacional, unas instituciones de solidaridad, una conciencia suprafamiliar, una ley común.
Para llevar una vida más digna y hacer de la tierra un lugar más habitable para todos, sólo hay que dar un paso más y destruir los prejuicios del maltusianismo.
La única identidad humana válida es la que nace del encuentro real o imaginario con los otros, del acto de solidaridad.
No puede haber un mundo en el mundo, un enclave de bienestar en un mundo de dolor. Es inaceptable una economía mundial que relega al no ser a la sexta parte de la humanidad. Si la hambruna no desaparece rápidamente de este planeta, no habrá humanidad posible. Hay que reintegrar por tanteen la humanidad a esa “fracción sufriente” que hoy está excluida y perece en la noche.
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